viernes 3 de julio de 2009

Honduras y el Neocón

Tras lo acontecido en Honduras vemos cómo a occidente le cuesta extender sus prácticas e instituciones más allá de sus fronteras.
Es cierto que el asunto tiene múltiples capas, pero lo que se viene desarrollando en toda Sudamérica no creo que deje lugar a dudas sobre la respuesta que se debería haber dado, que no es la débil exhortación al status quo de todo occidente, llamadas a consultas de embajadores incluidas.



Un primer análisis rápido sobre un golpe de Estado en una democracia concluiría que otros países democráticos deberían condenar enérgicamente semejante acto.

Pero no nos engañemos. Primero: Honduras no es una democracia comparable a una europea —mucho menos a una anglosajona— y es de prever que tras su fachada formal accedan al poder elementos indeseables tanto en el exterior como en el interior del país. Aquí el problema es establecer el límite de lo que es tolerable, cuya resolución se puede dejar al tiempo, y de lo que no, lo que requiere una intervención.
Y segundo: el depuesto Zelaya es un pájaro de cuidado que bien merecería ser lidiado por un experimentado grupo de black ops. Todo un elemento desestabilizador —a la foto de más arriba me remito.

Los occidentales, y sobre todo los europeos, deberían tener en cuenta que tras las formalidades y apariencias, la legitimidad depende en última instancia de la fuerza y quizás más importante: que el objeto de las democracias no es colocar urnas a mansalva sino hacer converger las decisiones del electorado y los intereses del país.